Tuesday, March 2, 2010

¿Por qué tengo que ir a la escuela?

Quizás su hijo le haya preguntado alguna vez "¿Por qué tengo que ir a la escuela?". Generalmente estas preguntas ocurren justo en el momento en que usted está tratando de levantar a su niño de la cama y lo más probable que salgan respuestas como: "Porque si no te salen orejas de burro" o "Simplemente… porque sí".

El niño necesita saber hacia dónde va, hacia dónde se dirige y cuánto falta para llegar al destino. Recuerde simplemente algún viaje que hayan efectuado en familia y vendrá a su mente las constantes preguntas de: "¿Cuánto falta?, ¿A dónde vamos?". No importa que usted se lo haya dicho cinco minutos atrás, su hijo necesita saberlo y necesita la respuesta para sentirse guiado y seguro. De igual modo ocurre con la escuela. El niño no se conforma con sólo saber que tiene que ir, sino que busca entender para qué va.

El niño va madurando y conjuntamente va madurando sus patrones de paciencia, la noción del tiempo y la noción de distancia (aunque en algunos casos, ciertos niños tardan más que otros). El alumno necesita reconocer cuáles son los objetivos y a medida que va aprendiendo, puede ir entiendo los objetivos a corto, mediano y a largo plazo. De igual manera, se le canalizaran sus progresos dividiéndolos en períodos concretos. Es decir, a un niño que se encuentre cursando el cuarto grado, no podrá visualizar sus estudios de igual manera que un adolescente que está en el último año de la educación superior y en las puertas de elegir su carrera profesional.

La motivación del niño o del adolescente debe ser dividida en etapas. Si bien reza el dicho de "El que persevera, alcanza", no pretenda decirle a un niño de primer grado que tiene que ir a la escuela hoy, para ser un profesional del mañana. Si bien es cierto esto, para esa criatura es una meta muy lejana en donde la espera del premio se hace abstracta para él. La meta académica debe ser clara y para eso necesitamos la ayuda del maestro. Busque tener la información de los objetivos que se esperan sean logrados diariamente, semanalmente, mensualmente, trimestralmente y a final del curso escolar. Es importante que el niño tenga un mensaje claro. Que sepa por ejemplo que "hoy" irá a la escuela a compartir con sus amiguitos, a leer su composición acerca los dinosaurios, etc. Otro ejemplo es que las metas pueden ser semanales, dígale al niño que esta semana es importante porque aprenderán las bases para aprender a multiplicar, que tendrán las prácticas para el examen final de literatura, etc.

A medida que el niño crezca y se vaya formando como adolescente, los padres necesitamos mostrarle que el aprendizaje es un modo de vivir. Busquemos inculcarle una curiosidad constante de análisis y un disfrute pleno del saber. Este adolescente deberán llegar a la madurez necesaria para entender las metas escolares que se esperan de él (para esto se necesita mantener una comunicación constante entre el alumno, el maestro y los padres). Los logros académicos deben ser individuales, ya que cada niño posee distintas capacidades para el aprendizaje. No permita que se establezcan metas a nivel competitivo entre hermanos, amistades o acorralándolo a una meta que usted simplemente como padre se ha empeñado que debe ser. Recuerde en todo momento la motivación y decirle elogios ante su constante esfuerzo.

La actividad de enseñanza y de aprendizaje debe tener un valor, un orden, un esquema y debe convertirse en un modo natural de vida. Debe darse de manera natural, espontanea, relajada y de disfrute. Es importante que los padres conversen con sus hijos ya adolescente, haciéndoles ver el futuro profesional y laborar. No es cuestión de llegar a la universidad y recibir la corona profesional. Ese es el comienzo a un compromiso más en donde se necesitaran las herramientas y la participación activa de manera independiente.

Los padres tenemos la tarea de estimular sus intereses, sus inclinaciones, cultivarle la inteligencia, ofrecerle apoyos e incentivos. Debemos ser seres inspiradores, modelos y ejemplos a seguir. Cuando establezca las metas escolares recuerde fraccionarlas. Aplique el plan de estudio y a medida que el niño vaya madurando, tendrá la suficiente independencia para escoger que quiere aprender y tendrá el control. Busque la manera de enseñarle la pasión para aprender y a disfrutar lo que hace. Haga que descubra en él un ser apasionado y que desarrolle la persistencia para lograrlo.

En el caso escolar ocurre lo mismo. A los más pequeñines, solo le basta saber que al terminar los 30 minutos de la clase, tendrán una recompensa concreta por parte de su maestra. Su necesidad de reconocimiento o premio es su motivación inmediata. A medida que el niño crece, cada vez se distancian los reconocimientos y los premios, pero estos no deben desaparecer por más grandes que ellos se encuentren. Por ejemplo, el niño hará la tarea del día porque sabe que tendrá el privilegio de ir al parque a jugar con sus amigos o los adolescentes sabrán que dependiendo de sus calificaciones del lapso podrán ir a la fiesta en donde asistirán sus amigos. Si bien es cierto que estudiar es el deber del niño, también es cierto que los padres tenemos el deber de guiar a nuestros hijos a enfrentar las exigencias y enseñarles a aprovechar las oportunidades de la sociedad moderna. Recuerde que estamos formando seres que se integraran a la vida laboral y para hacerlo de manera exitosa, tendrán que permanecer conscientes, pacientes, consistentes y persistentes en cada uno de los pasos que formen las bases y que consoliden estas metas.

Estimulemos a nuestros hijos a tener hambre de conocimientos, de progresos, de aprendizaje, más que hambre de triunfo. El éxito vendrá por añadidura, pero sin olvidar alimentar la mente, el corazón y el espíritu. El niño no debe ser un alma deambularte que se llena de puntuaciones o calificaciones. El niño debe desarrollante como un ser completo e integrado a sí mismo y a la sociedad.

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